
Aquella época vivía con mi abuelo. Él acababa de cumplir 80 años. Se encontraba en perfectas condiciones, pues cuidaba mucho de su alimentación. A veces se daba sus gustitos y comíamos chocolate que nos enviaba mi hermano de Estados Unidos o a veces nos preparábamos un buen trozo de carne. Eran sus dos debilidades. La última vez que se realizó un chequeo completo de salud, su médico de cabecera y de la familia le comentó: solo una vez al mes podía darse esos pequeños gustos.
Todas las mañanas se reunía en cafés con sus amigos del colegio. Cuando regresaba a casa estaba feliz. Nos sentábamos en la pequeña terraza, nos preparábamos un café y me contaba las anécdotas de cada uno de sus amigos del colegio. Le hacía bien reunirse con sus amigos, porque ejercitaba su memoria y también caminaba lo suficiente para mantener su cuerpo en actividad.
Muy pocas veces se quedaba más de la cuenta con uno de sus amigos. Regresaba a la hora de almuerzo. Igual él sabía que yo siempre cocinaba para los dos, pues yo no salía de casa. Trabajaba allí.
Estudié periodismo, me dedicaba a corregir textos para un periódico local. Hace algunos años trabajé directamente para el diario, pero al renunciar me permitieron realizar estas funciones, limitándome a ciertos beneficios. Había acondicionado en mi habitación del tercer piso de la casa del abuelo un pequeño estudio donde pasaba la mayor parte del tiempo.
La única persona de la familia que tenía cerca era mi abuelo. Él me crió desde pequeño, exactamente cuando quedé huérfano desde muy temprana edad, mis padres perdieron la vida en un accidente automovilístico en el norte del país. El bus en el que viajaban cayó desde un precipicio al río. No hubieron sobrevivientes. No tengo muy claro los recuerdos en esa época tan difícil para mí. Lo único que puedo recordar es que en un gran jardín, habían dos ataúdes juntos, esa vez me acerqué para ver en el interior de cada uno, pero mi abuelo me agarró del brazo y me abrazó. Recuerdo a muchas personas vestidas de negro y todos mojaban mis mejillas con lágrimas.
Pero felizmente, ya lo he superado. No temo a la muerte. Es un tema que sí puedo conversarlo hasta con mi hermano que vive fuera del país.
Un lunes empecé con mis labores, tenía que corregir un reportaje que saldría el domingo en una nueva sección del periódico. Pero el perro del vecino empezó a aullar. No me dejaba concentrarme. Tiré el cigarro a la mitad en un vaso con agua. Habían cuatro más flotando de la noche anterior. Abrí la ventana y un olor a tierra mojada entró a mi habitación.
-¡Callen a ese perro por favor!-grité, cogiéndome de los bordes mojados de la ventana. Al parecer había llovido en la madrugada.
Cerré la ventana nuevamente. No pasó ni un minuto. Y el perro continuaba aullando. Me desconcentraba y empezaba a cambiar mi comportamiento. Prendí un nuevo cigarrillo y tiré la caja de fósforos que se metió por detrás de mi escritorio. Mi habitación estaba llena de humo. Tanto fumar me había desencadenado problemas a los bronquios, tocía tanto que acababan en arcadas. Una vez más medio cigarro fue a parar al vaso. Los interminables aullidos del animalito inquietaban mis pensamientos y empezaba a perder la paciencia.
Me coloqué los audífonos y empezaba a corregir, en el intercambio de canciones los aullidos se sobreponían sobre las canciones e ideas.
Cada vez tecleaba con más vehemencia. Parecían desaparecer los aullidos pero estos continuaban. Exaltándome cada vez más.
-no soporto más-dije, poniendo las dos palmas de mi mano en el escritorio.
<<Voy a hablar con los dueños del animal>>.
Dejé la puerta entreabierta, para que mi abuelo pueda entrar a la casa. Me fui caminando al edificio de atrás dando pasos largos y con los puños cerrados.
El vigilante del edificio con aspecto extraño miraba en un pequeño televisor un partido de fútbol.
-Señor, necesito conversar con la dueña del tercer piso del edificio-dije poniendo mis llaves sobre su pequeña mesa llena de cartas y propagandas de supermercados
-¿Con que familia?-dijo sin mirarme.
-No sé qué familia es, pero tienen un perro que aúlla todos los días, a cualquier hora y desde temprano, estoy harto-dije con impotencia.
-El perro ¿qué?-dijo, nuevamente sin mirarme, seguía hipnotizado con la pequeña pantalla en blanco y negro.
Recogí mis llaves y tiré la puerta de vidrio, de reojo vi que el vigilante por fin había volteado a ver pero de inmediato se introdujo al televisor.
De regreso, antes de abrir la puerta de mi casa, el vecino de al lado me agarró del brazo y me dijo que había venido a buscarme el cartero, además regresaría para dejarme un paquete que lo mandaban de Estados Unidos. Le agradecí por el dato y le pregunté si había escuchado los aullidos del perro de vecino de atrás.
Me miró a los ojos y afirmó con la cabeza. Parecía recién levantado. Me comentó que no sabía qué hacer con ese perro, pues todas las mañanas lo despertaba su aullido. Anteriormente me había comentado que trabajaba en un bar atendiendo hasta las seis de la mañana, luego al llegar a casa dormía hasta la tarde, pero los aullidos lo despertaban temprano. Ayer en la mañana se le había ocurrido darle veneno pero su esposa le dijo que era una exageración llegar a eso. Me despedí. Le agradecí y al entrar a mi casa me sentí que no era el único afectado y furioso. <<Esto debe acabar ya. >>
Llegué a mi habitación, prendí la máquina y el animal ya se encontraba aullando nuevamente. Abrí la ventana.
-¡Callen a ese animal!-grité descontrolado
Solo se calló dos minutos y siguió aullando.
Mientras iba corrigiendo los textos, el aullido del animal se intensificaba en el ambiente. Iba alterando más mi estado de ánimo. Me serví un café y derramé café. Tomé un sorbo y me quemé la boca. Dejé la tasa sobre el escritorio y salpicó café sobre hojas. Sequé lo derramado de café. Y sin querer boté mis lápices debajo del escritorio. Me agaché para recoger los lápices y de casualidad apagué la computadora. La conecté y al levantar la cabeza me la golpee con la esquina del escritorio. Me senté para empezar todo de nuevo y los aullidos continuaban.
-¡Estoy harto! , maldito perro-dije mordiéndome los dientes
Al día siguiente, saqué la bicicleta y me dirigí al centro. Manejé decidido agarrando firmemente el timón, entre mis dedos mi cigarro expedía humo, mucho humo. Sentía que andaba por la calle en una locomotora. Crucé calles sin mirar, tenía claro mi objetivo: matar al animal.
-Necesito veneno para ratas-dije convencido al chino del almacén.
-Si tengo, ¿Cuántos quiere?-preguntó mirándome con sus pequeños ojitos y sus cejas despeinadas.
-Necesito dos sobres de veneno-dije. Puse mi cartera encima del mostrador.
-Son 30 pesos señor-no dejaba de mirarme fijamente con sus pequeños ojitos.
Le agradecí y sentí que ese chino formaba parte de la comitiva exterminadora.
Cogí nuevamente la bicicleta y cuando estaba a pocos metros de mi casa, me encontré nuevamente con el vecino de al lado. Estaba con un pijama y descalzo. Me hizo una seña. La verdad que no pude entenderlo. Me acerqué y lo vi con unas grandes ojeras.
-Fabio, acaba de venir nuevamente el cartero con una caja. Tocó varias veces el timbre. Al parecer tu abuelo no está en tu casa. Pensé que era mi timbre. Salí y el muchacho del correo me dijo que regresaba en otro momento.
-Gracias nuevamente por el dato Jose Carlos-dije
-No cuando quieras. Tocó mi hombro y se dio media vuelta. Cuando me dispuse a entrar a mi casa me gritó a lo lejos-Hoy otra vez…el animalito…con sus aullidos, no me dejó dormir.
Lo miré, moví la cabeza y levanté los hombros. Pero sabía que esto acabaría ya.
Me dirigí a la cocina, saqué un pedazo de carne, la puse en una sartén con aceite caliente, pareciera que fuese para mí, olía delicioso. Coloqué la carne en un plato descartable y la embadurné con el veneno por ambos lados, parecía una milanesa.
<< Esta vez callará para siempre>>
Antes de entrar a mi habitación ya se escuchaban los aullidos del animal, ahora ya no me molestaban, sabía que esto acabaría de una vez por todas. Dejé el plato encima de mi escritorio. Abrí la ventana de mi dormitorio, para poder hacer el lanzamiento de la carne, coloqué un pequeño banco al pie de la ventana para poder pararme en el marco y desde ahí tomar impulso y lanzar la carne hacia la pequeña terraza donde se encontraba el animal. Me paro en el borde de la ventada pero pierdo el equilibrio y resbalé.
Abrí los ojos, y estaba lleno de tubos, uno por la boca y otros por la nariz. Al borde de la cama una enfermera joven tenía en sus manos unas hojas donde iba tomando nota de un monitor monocromático. Revisaba el suero y anotaba los nombres de los medicamentos que se encontraban en una pequeña mesa.
No recordaba que había pasado en ese instante. La enfermera se acercó me revisó los ojos con una pequeña linterna. Me tocó la frente y me miró por encima de las cejas. Quise levantar mi brazo derecho pero estaba enyesado. Levanté mi otro brazo pero estaba conectado al suero. Me cogí la cabeza y tenía una gasa que envolvía toda mi cabeza.
<<Dios, que paso>>
La enfermera salió del lugar.
Cerré los ojos. Al despertarme ya era de noche. La luz artificial ya estaba prendida. Tenía seca la garganta. Tenía un collarín que no me permitía girar la cabeza. Ya no tenía el tubo en la boca.
-Fabio, despertaste, ¿Cómo estás?- dijo mi hermano. Estaba más delgado y ya no tenía mucho cabello.
-No recuerdo nada, ¿qué me pasado?-dije. Lo quise abrazar pero mis piernas estaban también enyesadas.
-Caíste del tercer piso, quedaste inconsciente pero felizmente ya volviste, pensé que te perderíamos. Pedí vacaciones y me vine en el primer vuelo.
Postrado en mi cama, mientras veía a mi hermano con los brazos cruzados, traté de recordar, pero no recordaba nada, no tenía claro como había podido caer del tercer piso, desde mi habitación.
Mi hermano estaba muy serio. Miraba a cada instante su reloj. Hablaba en voz baja con la enfermera. No entendía su seriedad. Me desalentaba su extrañeza.
-Hace cuanto tiempo que estoy acá en el hospital-le dije.
– 3 meses, tuviste una caída fuerte, caíste de cabeza. Tuviste fracturas múltiples de cráneo, brazo y piernas.
-No recuerdo nada- comenté. Aún percibía su seriedad.
Cerré los ojos nuevamente. Y me dormí.
Luego de dos semanas me dieron de alta, cambié mi bata celeste del hospital por un mandil naranja y un chaleco antibalas, me llevaron a una sala judicial del pueblo, me acusaron por asesinato y por intento de suicidio.
Fui sentenciado a 15 años de prisión, estando ya en la celda, me llegó una caja, no la traía el cartero, ésta me la enviaba mi hermano. La abrí y no habían chocolates, ésta contenía portadas de periódicos que decían “Ex -editor envenena a su abuelo y luego intenta suicidarse”, “Sentencian a Editor asesino de abuelo por 15 años”
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Sigo escribiendo desde prisión, aun me faltan 8 años más para salir de aquí, espero en algún momento recordar que paso exactamente el día en que caí de mi habitación.- ¿Por qué acabar con la vida de mi abuelo? ¿No lo quería? ¿Estaba cansado de él? ¿Qué me hizo hacer todo eso? ¿Cómo caí?-Me preguntaba.
Cansado de tanto cuestionarme, cerré mi cuaderno de notas, soplé la vela de la mesita de noche. La oscuridad se apoderó del lugar. Cerré los ojos y me acosté. A lo lejos de mi celda, desde los techos del penal escuché el aullido de un perro. Abrí los ojos de golpe y me senté de inmediato en mi cama…

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