Hoy no tuve ganas de escribir. Almorcé rápido y tomé el primer autobús sin fijarme en el destino. Terminé en una librería que parecía haber sido saqueada.
Me atendió un fantasma —o eso me pareció a primera vista—. Sus ojeras pronunciadas y los ojos hundidos le daban ese aspecto; el tono de su piel recordaba al de un pavo crudo, y despedía ese mismo olor dulzón de la carne antes de aderezar. Le pedí alguna recomendación: necesitaba un impulso, una chispa para escribir el cuento que entrego habitualmente a la revista El Retablo. Me sugirió varios títulos, la mayoría de Mariana Enríquez, uno de Bolaño y me mostró otro de Lispector; el rojo encendido de la portada, junto a la mano pálida, me provocó un escalofrío.
Decidí ignorar sus sugerencias. Le pedí permiso para sentarme a la mesa que había al fondo mientras hojeaba algunos libros de segunda mano. A los pocos minutos volvió aquel hombre sosteniendo un libreto con relatos escritos a mano. La caligrafía era casi ininteligible, pero su brevedad me llamó la atención.
—¿Puedo? —dijo.
Arrimó una silla a la mía y leyó el primero. Quedé impactado. Eran como pastillas de efecto inmediato que te estremecían y te dejaban la cabeza a punto de estallar.
Al terminar la primera lectura, el hombre sacó un listado de preguntas.
—Para entender y consumir microrrelatos —me explicó—, se necesita un limpiador de paladar. Funciona como beber un sorbo de agua para neutralizar sabores antes de probar el siguiente plato, o como oler granos de café cuando cambias de perfume.
Y así fue. Cada vez que leía un microrrelato y la impresión me dejaba sin aliento, me hacía una pregunta de su lista que borraba el efecto para poder empezar desde cero. Pasé toda la tarde con aquel sujeto, dejándome iniciar en este nuevo estilo. Antes de irme nos tomamos una foto; sentí que debía conservar el recuerdo de alguien tan fascinante.
Llegué a casa emocionado, listo para escribir algo breve. Me preparé un café —me había quedado con el antojo desde que mencionó los granos en la librería—, respiré hondo, exhalé y sentí ganas de compartir en mis redes sociales la extraña aventura del día.
Tomé el teléfono, busqué la foto en la galería y la abrí. En la imagen solo aparecía yo.


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