Marthita preparaba los mejores buñuelos del pueblo. Piel morena, brazos gruesos y una barbilla partida donde siempre perlaba el sudor. Años de aceite hirviendo le alcanzaron para comprarle una casa a su hijo menor.
Marthita no podía hablar; entendía todo, pero respondía con señas, garabatos en una pizarrita o ruidos guturales. Su hija mayor, sorda pero parlante, hacía de intérprete: leía los gestos de la madre y nos daba el precio. Una simbiosis perfecta que llenaba de clientes las noches de verano.
Hasta que apareció el extranjero, un vividor de piel desabrida que la conquistó y no tardó en dejarse ver con otras. Entre la madre que no tenía voz y la hija que no oía los murmullos del pueblo, el amor terminó por completar la ceguera.


Deja un comentario