Alcanzar la cima solo le sirvió para entender que el cielo continuaba distante. Con el tiempo en contra, alquiló un parapente para regresar al valle inicial. Voló sin gloria, descubriéndose insignificante ante una multitud microscópica que lo contemplaba desde abajo. Al aterrizar, recuperó su anonimato. Murió no mucho después. Sus parientes no tardaron en olvidarlo; únicamente los gusanos, tras darse un banquete con su cuerpo, le guardan todavía un insaciable agradecimiento.


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