el perro

En aquella época, Fabio vivía con su abuelo. A pesar de sus ochenta años, el anciano se conservaba en excelente forma gracias a una disciplina rigurosa, interrumpida solo por dos debilidades: los pedazos de carne jugosa y los chocolates que el hermano de Fabio enviaba desde Estados Unidos. En el último chequeo, el médico había sido categórico: aquellos placeres solo estaban permitidos una vez al mes.
Cada mañana, el abuelo salía a reunirse con sus viejos compañeros de colegio en un café del centro. Regresaba renovado, fortalecido por la caminata y el ejercicio de la memoria. Luego, en la terraza, preparaban café y compartían las anécdotas del día. El anciano rara vez se demoraba; sabía que su nieto lo esperaba con la comida lista. Fabio no salía de casa; trabajaba allí mismo, en un pequeño estudio adaptado en la tercera planta, corrigiendo textos para un periódico local.
El abuelo era su única familia cercana. Lo había criado desde niño, tras la muerte de sus padres en un accidente de autobús en el norte. De aquella tragedia, Fabio solo conservaba recuerdos borrosos: la imagen de dos ataúdes gemelos en un jardín y el abrazo del anciano mientras la gente vestida de negro le mojaba las mejillas con lágrimas. Era un duelo superado.
Un lunes, mientras corregía un reportaje programado para la edición dominical, el perro del vecino comenzó a aullar. El sonido, agudo y persistente, destrozó su concentración. Apagó a medias un cigarrillo en un vaso con agua donde flotaban las colillas de la noche anterior. Abrí la ventana y una ráfaga con olor a tierra mojada llenó la estancia.
—¡Callen a ese perro, por favor! —gritó al vacío.
Cerró de golpeteo, pero los aullidos continuaron sin tregua. Encendió otro cigarrillo; la caja de cerillas rodó tras el escritorio. La habitación se saturó de humo y la tos le provocó arcadas. Se colocó auriculares, pero el lamento del animal lograba filtrarse entre la música. Tecleaba con vehemencia, sumido en una espiral de frustración.
—No lo soporto más —murmuró, golpeando la madera.
Dejó la puerta entreabierta para que su abuelo pudiera entrar al regresar y bajó decidido hacia el edificio posterior. En la caseta, el vigilante observaba un partido de fútbol en una pantalla en blanco y negro.
—Señor, necesito hablar con la dueña del tercer piso —dijo Fabio.
—¿Con qué familia? —respondió el hombre sin apartar la mirada del televisor.
—No lo sé, pero tienen un perro que aúlla a todas horas. Estoy harto.
—¿El perro qué? —repitió el guardia, indiferente.
Fabio dio media vuelta y salió a la calle, furioso. Al llegar a su puerta, el vecino de al lado le advirtió que el cartero lo había buscado con un paquete del extranjero. Fabio aprovechó para preguntarle por los aullidos. El hombre asintió; trabajando de noche en un bar, el animal le arruinaba el descanso. Le confesó incluso haber pensado en envenenarlo. Fabio sintió el alivio brutal de la complicidad.
De vuelta al estudio, los aullidos persistían. Se sirvió café, lo derramó, se quemó la boca. Los lápices cayeron bajo el mueble, apagó la computadora por accidente y se golpeó la cabeza al levantarse.
—¡Maldito perro! —masculló entre dientes.
A la mañana siguiente, salió en bicicleta hacia el centro. Pedaleaba con furia, el cigarrillo entre los labios arrojando humo como la chimenea de una locomotora. Cruzaba las esquinas sin mirar, empujado por una fijación casi quirúrgica.
—Necesito veneno para ratas —pidió en el mostrador de un almacén.
—¿Cuántos sobres?
—Dos.
—Son treinta pesos.
El comerciante le pareció un cómplice silencioso en su empresa.
De regreso, volvió a cruzarse con el vecino, quien bostezó y se quejó de nuevo por la falta de sueño. Fabio asintió. Esto terminaría hoy.
En la cocina, frió un trozo de carne. El aroma era delicioso. Con cuidado, embadurnó la superficie por ambos lados con el polvo blanco hasta dejarlo con el aspecto inofensivo de una milanesa.
«Esta vez te callarás para siempre», pensó.
Subió al estudio con el plato. Los aullidos no cesaban. Colocó un banco junto a la ventana para ganar altura y lanzar el cebo hacia la terraza trasera. Se encaramó al borde, pero al tomar impulso, perdió el equilibrio y la gravedad hizo el resto.
Despertó en una cama de hospital. Tenía tubos introducidos por la boca y la nariz, el brazo derecho enyesado y la cabeza envuelta en aparatosos vendajes. Una enfermera anotaba lecturas en un monitor. Intentó moverse, pero el dolor lo inmovilizó.
Al despertar por segunda vez, era de noche. Un collarín le oprimía el cuello y sentía la garganta seca.
—Fabio, despertaste —dijo una voz a su lado. Era su hermano, notablemente más delgado y con el cabello escaso.
—No recuerdo nada… ¿Qué pasó?
—Caíste desde el tercer piso. Pensé que te perdíamos.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Tres meses. Sufriste fracturas múltiples de cráneo y extremidades.
Fabio cerró los ojos, incapaz de ordenar la realidad.
Dos semanas después recibió el alta, pero no volvió a casa. Escoltado por guardias, lo condujeron a la sala judicial vistiendo el uniforme de prisionero. Lo acusaban de homicidio calificado e intento de suicidio. La condena fue drástica: quince años de prisión.
En la celda, tiempo después, recibió una caja. Tampoco era del cartero; se la enviaba su hermano. No contenía chocolates, sino recortes de prensa:
“Exeditor envenena a su abuelo y luego intenta suicidarse”
“Sentencian a quince años de cárcel a editor infanticida y parricida”
Hoy, a Fabio le restan ocho años de condena. Sigue escribiendo desde el encierro. Pasa las noches intentando reconstruir la memoria de aquel día. ¿Por qué acabó con la vida del único hombre que lo amó? ¿Fue un rasgo de locura? ¿Estaba agotado de cuidarlo? ¿Cómo ocurrió la caída? Las preguntas se disuelven siempre en el mismo callejón sin salida.
Cansado de torturarse, cerró la libreta y sopló la vela. La oscuridad absorbió el recinto. Cerró los ojos para intentar dormir cuando, desde los tejados del penal, se filtró el aullido rasgado de un perro.
Fabio abrió los ojos de golpe y se incorporó en la penumbra.

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