Amaba la belleza. Un hongo marchitó su uña y amputó el dedo. Al ver la simetría rota, cortó la mano; luego el brazo, buscando la perfección perdida. La obsesión no cesó. Cada imperfección era un abismo. Piernas y torso fueron cayendo en una espiral de mutilaciones estéticas. Quería esculpir su cuerpo ideal, pero la tijera fue más rápida que el sueño. Al final, frente al espejo, no quedó nada de la carne adorada. Solo un diente de oro brilló en la oscuridad, un único vestigio inalterable de su vanidad absoluta.


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