Llamada

Doña Esperanza era una mujer de gestos circulares y mirada práctica, de esas que entienden el amor como un plato de comida humeante servido a tiempo. Aquella tarde, el calor en la cocina era un animal pesado que se le pegaba a la nuca mientras picaba cebollas con una precisión casi quirúrgica. Diego, su hijo, era lo opuesto: un muchacho de veinte años, una llamarada de impulsividad y rebeldía que caminaba por la vida sin mirar las grietas del suelo.

​El teléfono sonó con un estruendo metálico, cortando el siseo del aceite en la sartén. Esperanza se secó las manos en el delantal, pensando en facturas o en la enésima vez que su hijo le pediría dinero para perderse en la noche.

​—Hola, hijo, dime qué necesitas ahora —dijo ella, con el tono de quien ya ha escuchado todas las excusas.

​—Hola, mamá… —la voz de Diego llegó con una estática extraña, como si hablara desde el fondo de un túnel— adivina de dónde te llamo.

​Esperanza suspiró, sintiendo el picor de la cebolla en los ojos.

​—Ay, hijo, tú con tus cosas. Ahorita estoy cocinando, tengo mil cosas que hacer y el tiempo se me acaba. No estoy para juegos.

​Entonces, el silencio al otro lado de la línea se volvió denso, un vacío que parecía devorar el ruido de la cocina. La voz de Diego regresó, pero ya no era la de un joven rebelde; era una voz pequeña, despojada de toda arrogancia, una voz que arrastraba una verdad fría.

—Mamá… —dijo él, y el aire en la cocina pareció detenerse— tengo derecho a una sola llamada.

Deja un comentario