Coleccionaba libros viejos. Había recorrido innumerables librerías del centro, esas donde el polvo parece parte del inventario. Entre anaqueles torcidos encontré obras que despertaron mi admiración, pero ninguna tan enigmática como la que hallé aquella tarde.
Llegué de casualidad a una librería escondida bajo una iglesia abandonada. El aire olía a cera y humedad. Me atendió un hombre extrañísimo: túnica marrón, gesto severo y un bigotito corto, casi hitleriano. Le expliqué lo que buscaba. Sin decir palabra, subió por una escalerilla de madera y, tras unos minutos, bajó con un libro bajo el brazo.
Desempolvó la cubierta: era de un cuero oscuro, cosida con hilos que parecían papiros, escrita en un idioma que apenas reconocí como hebreo. Me llevó a un rincón del recinto y, en voz baja, me susurró:
—Es la Biblia. La firma el autor en la primera página.
Agradecí y le comenté que lo pensaría, que antes quería indagar un poco más sobre el título y su autor.


Deja un comentario