Desde hace tiempo decidieron cerrar la calle. No me afecta demasiado —mi trabajo queda en otro sector—, pero lo menciono porque ahí vive Angélica, la chica de la que sigo enamorado.
La conocí en el bar de esa misma calle. Inventaba excusas para pasar por allí y verla, aunque fuera un segundo.
Ahora es complicado.
Me dicen que vaya a la facultad, que ella a veces cruza por el parque. Quisiera ir, pero me da miedo.
El otro día la vieron en la iglesia, rezando el rosario muy temprano. No creo poder entrar ahí.
Ayer intenté disfrazarme de taxista, solo para ofrecerle un aventón, pero me dio vergüenza.
Luego me detuvo la policía. Dicen que la seguía.
¿Eso es un delito?
Me esposaron. Dicen que la tengo escondida en algún sitio. No lo creo. No me atrevo a tanto.
Aunque cuando hablo con mi otro yo, las cosas cambian. Él es distinto. A veces no me habla; otras, me ordena cosas.
Las voces también. Las escucho por las noches.
Le advertí al policía que si hablaba con él, sería peligroso.
No me creyó.
Ahora está boca arriba. Nadie me interroga.
Estoy solo. No sé por qué estoy aquí.
¿Tú me estás leyendo?
¿Puedes entenderme?
¿Sabes si digo la verdad?
Respóndeme, por favor.
No me dejes en silencio.
¿Estás ahí?


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