El gobierno había invertido millones en aquel proyecto. Los mejores científicos del planeta —americanos, rusos y hasta un sueco con acento francés— trabajaron sin descanso para lograrlo.
La sala de control parecía una nave espacial: botones, pantallas, cables y un par de funcionarios sonriendo para la cámara.
El operador movió algunos mandos, conectó lo que parecía un cable importante y presionó el gran botón rojo.
Un destello iluminó el laboratorio.
El sujeto de prueba se desintegró al instante.
Los aplausos se escucharon en los sesenta países donde se transmitía el experimento en vivo.
El presidente, visiblemente emocionado, declaró:
—¡Hemos dado un paso histórico para la humanidad!
Semanas después, anunciaron la segunda fase del proyecto.
Esta vez, con el doble de presupuesto y la promesa de volver a juntar lo que habían borrado con tanto éxito.


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