El hombre sostenía una libreta y trazaba círculos con un lapicero negro.
El mozo, distraído, se acercó intrigado. Aquel dibujo tenía algo hipnótico, una forma que parecía moverse, absorberlo. Sintió un leve vértigo y apartó la mirada.
Sacudió la cabeza, se frotó el rostro. Cuando volvió a mirar al cliente, notó que en sus pupilas giraban los mismos círculos.
Corrió hacia la cocina, tropezando con las mesas, empujando a sus compañeros. Nadie entendía nada.
Se apoyó en el lavadero, intentando calmarse. El agua del grifo comenzó a formar remolinos diminutos. En ellos creyó ver reflejada su propia mirada, girando.
Dicen que tomó un cuchillo y que después todo fue rápido.
Lo contaron anoche en las noticias.
Apagué el televisor, tratando de olvidar. Me serví un café y preparé una tortilla para Joaquín, mi hijo.
Subí a su habitación. Me tranquilizó verlo concentrado en su libreta.
Dibujaba, con paciencia, pequeños círculos negros.


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