—No voy a hacerte daño —dijo él, mostrando las manos.
Ella dudó. El río rugía oscuro, sin orillas claras.
—Tómame la mano —insistió—. Te ayudaré a cruzar.
Su voz tenía algo hueco, como un eco bajo el agua. Finalmente, ella se rindió y extendió la suya.
La piel de él era fría, blanda, como si no perteneciera a un cuerpo vivo.
Al llegar al otro lado, creyó ver gente esperándola.
Pero eran rostros cosidos, sin ojos, que movían las bocas como si rezaran.
Él sonrió.


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