La escuela

Bajo el puente del Rímac, a horas tempranas de la mañana, Pablo corregía a Elmer.
Pablo, el profesor, era un hombre alto, huesudo, que cojeaba ligeramente y por ello se apoyaba en un bastón de madera. Aunque había aparecido en varias fotografías de diarios recientes, su estilo y forma de vestir parecían anclados en los años cincuenta. Sus alumnos lo llamaban «El Negro».

La jornada comenzaba con una ceremonia inusual: cantaban el himno antes de iniciar las clases. La «escuela» acogía a alumnos de todas las edades y de bajos recursos: adolescentes de dieciséis años, jóvenes de veinte a veinticinco, y algunos ya adultos.
Para ingresar no había requisitos; solo se pedía tener ganas y ser perseverante. Una vez dentro, se les proporcionaba material: un cuaderno y lapiceros para anotar las técnicas y habilidades enseñadas en cada sesión.

La demanda de vacantes aumentaba en diciembre y julio, aprovechando que la gente contaba con más ingresos por las gratificaciones de Fiestas Patrias y Navidad.
El método de enseñanza era práctico. En el patio, tenían una simulación de calles del centro de la ciudad para las prácticas. Parte de las evaluaciones más estrictas era la educación física, sobre todo la carrera de cien metros planos, considerada indispensable para las actividades que luego realizarían.

Poco después, un alumno arrepentido se encargó de divulgar las prácticas que se realizaban en el local.
La verdad salió a la luz: aquella era la única escuela de rateros de la ciudad.

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