No creo poder vivir sin escribir.
Hace más de un año compré un cuaderno rayado de cien hojas y un lapicero de tinta líquida. «Ahora sí soy escritor», pensé. Tenía la intención de crear pretextos, textos, prerrelatos y relatos… pero lo único que logré fue inventar distintos pretextos para no escribir. Todo esfuerzo resultó inútil: las cien hojas de aquel cuaderno siguen en blanco.
Cambié de estrategia. «Debo volver al computador», me dije. Pero sentarme frente a él me resultaba insoportable; las horas se me evaporaban sin escribir una línea. Al mes, regresé al papel. «Necesito un buen lugar, algo como un café o un bar», reafirmé.
Elegí el bar más lejano de mi casa. Me senté en una mesa del centro y pedí un café con licor, buscando provocar en mí una sensación distinta. Apenas decidí escribir, me distraje con las personas que entraban. Parecían poetas. Vestían, hablaban y bebían como poetas. «Quiero ser como ellos», pensé. Me sentí un tonto. Cerré el cuaderno, jugué con el lapicero haciéndolo girar sobre la mesa y pedí la cuenta. Nunca más volví a ese bar.
Regresé al computador. Abrí Word y una pantalla inmensa y blanca me acompañó toda la mañana. Giraba la cabeza de un lado a otro, evitando mirarla. Trataba de encontrar algo que ni siquiera buscaba. Miré mis estantes llenos de libros: Kafka, Vargas Llosa, Bolaño, García Márquez, Millás, Zafón, Ribeyro… tantos nombres que desde mi posición ya no alcanzaba a distinguir. Tomé algunos, los hojeé, los acaricié, los olí. Pasé el dedo por sus lomos, uno a uno.
«¿Algo más?» me pregunté sin saber responder.
La pantalla blanca me observaba, y yo a ella. El cursor parpadeaba, inquietante. Comí unas semillas de girasol que me quedaban de la noche anterior, serví un café y encendí un cigarrillo. Fumé dos más. Puse música: Duquesne Whistle, de Bob Dylan. Cerré los ojos y me dejé llevar por la letra… solo me dejé llevar.
Entonces ocurrió algo inexplicable.
Sentí que desde mi columna vertebral emergía una luz blanca. Trepaba por cada vértebra, iluminando mi interior. La luz se proyectó desde mi cabeza y aparecieron imágenes en blanco y negro que, poco a poco, se tiñeron de color. Se mezclaban, giraban, se movían… hasta convertirse en un video dentro de mi mente.
Abrí los ojos y estaba en una calle de Nueva York, apoyado en un Dodge azul antiguo junto a un parquímetro. Vi a un hombre que intentaba conquistar a una mujer hermosa, alternando ternura y torpeza. Ella resistía, aunque su fragancia quedó suspendida en el aire: un perfume floral, inquietante. Caminaba con prisa, sus caderas delineadas por un vestido claro de flores, sus piernas delgadas, perfectas, de muñeca. Me miró de reojo con ojos azules, tan calmos como el mar y, sin embargo, turbulentos por la persecución.
Sentí que quería decirme algo. Ayúdame, decían sus ojos.
Corrí tras ella. Aceleré el paso, corté por distintas calles, desesperado por alcanzarla. El hombre de chaqueta de jean era rápido. Vi a un policía dirigiendo el tránsito. Le pedí ayuda; me respondió en inglés, aunque yo había hablado en español. Y, aun así, nos entendimos. «Un mundo perfecto», pensé.
Corrimos juntos. Yo creía ser su salvación. «Seré quien la enamore, quien la proteja. Le diré cosas hermosas al oído. No le robaré flores: las cortaré de mi propio jardín».
El policía resbaló y cayó. Lo dejé atrás. Logré alcanzarla. Le tomé del brazo, la miré…
Y la canción se detuvo.
Estaba en mi habitación. Sudaba. Respiraba agitado.
—¡Dios mío!—susurré.
Inspiré profundamente y solté el aire con lentitud. Me toqué el pecho: mi corazón seguía desbocado.
«Qué experiencia», pensé.
Abrí nuevamente Word. Observé la blancura desolada de la página y comencé a escribir sin detenerme. Envuelto en emociones, escribí lo que acababa de vivir, lo que había visto, olido, sentido y escuchado con solo mover los dedos sobre el teclado.
Cerré los ojos mientras editaba el texto, y dentro de mí, a lo lejos, escuché de nuevo:
Listen to that Duquesne whistle blowing, blowing like she’s blowing right on time…


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