Araqueda, un pueblo situado en la Provincia de Cajabamba, alberga principalmente a residentes apasionados por la lectura, muchos de los cuales tienen inclinaciones hacia la escritura. Las conversaciones entre los habitantes versaban sobre los grandes clásicos y las obras literarias locales.
La Biblioteca Central, recordada por unos pocos residentes que aún quedan, se erigía majestuosa con sus cuatro pisos, pero también se percibía un olor a humedad y encierro, junto con una sutil aura de amenaza circundante. Solo un escritor valiente se aventuraría a adentrarse en un lugar así, pues se rumoreaba sobre la presencia de entidades que merodeaban por los pasillos.
Carlos Tello, considerado el escritor más prolífico del lugar, decidió pasar la noche en la biblioteca para verificar la veracidad de los rumores. Sin embargo, nunca reveló lo que experimentó esa noche. Trágicamente, a los pocos meses, Tello, mi amigo y colega, falleció de manera violenta. Días antes, me había confiado su deseo de que sus cenizas fueran esparcidas en la Biblioteca Central, un deseo que cumplí. Con lágrimas en los ojos, compartí mi dolor con Pablo, otro amigo escritor, pidiéndole que, en caso de que algo me sucediera, hiciera lo mismo por mí.


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