
Cruzamos la mirada un par de segundos. Luego lo perdí de vista. Llevaba una chaqueta amarilla, pantalón verde olivo y botas marrones desamarradas. Según el servicio de inteligencia, llevaba explosivos en todo su cuerpo. Cruzó dos controles policiales antes de ingresar al metro. Yo seguí para el sur, declaré.
Verónica, una chica irlandesa de 20 años, estudió en Belfast, al norte del país, específicamente en la universidad del Ulseter. Joven, bella y risueña. Rodeada de muchos amigos. Desde muy pequeña salía con sus padres fuera de la ciudad. Estacionaban su camioneta cerca de la desembocadura del río Lagan. Tendían una manta al borde del río y compartían momentos de felicidad, ella aprovechaba para dibujar prototipos de embarcaciones que veía en el puerto. Su padre admiró el talento de su hija. Ingresó a la universidad a los pocos años para estudiar arte y diseño, ocupando los primeros lugares.
Tuvo una infancia feliz, compartiendo con ambos padres, hasta que cumplió los 14 años. Cuando una mañana recibió la llamada del estado federal avisándoles que su madre había fallecido en un accidente aéreo. Se encontraba a bordo del avión de la línea aérea American Airlines que se estrelló con una de las torres gemelas en el 2001. Ambos no lo habían superado. Aquella noticia tuvo que redactarla él mismo en el diario “The Journal”, donde trabajaba hace más de 30 años. Nunca encontraron su cuerpo.
Su padre hizo lo posible para cubrir ese vacío. Aprovechaban el tiempo juntos. Viajaban fuera del país, a veces, invitaban a Katherine, amiga de toda la vida de Verónica. Se habían conocido en el colegio.
Él se comunicaba por teléfono más de cinco veces al día. Le daba tranquilidad. Tomaban desayuno juntos, conversaban sobre anécdotas de la universidad y solían pasarla bien.
Una tarde fría, típicas de los meses de noviembre, saliendo de la facultad, Verónica llama a su padre.
– Papá, hoy no me recojas, saliendo de la facultad iré a casa de Katherine.
-Pero ¿Hasta qué hora estarás ahí, hija? ¿No tenías examen? –dijo el padre sorprendido.
-Estaré un momento, Papá. Mañana tengo clases-dijo ella tapándose el otro oído ya que llamaba desde el patio de la universidad.
– ¿No saldrán a los bares? Acuérdate que mañana es día de semana y tienes que estudiar.
– No Papá, ¿Acaso no me crees? Tenemos que presentar un trabajo. Comemos algo… Y voy a la casa.
-Pero, ¿No iríamos al cine, mi amor?
-Papá… ¡Tengo que estudiar! Tenemos que hacer un trabajo para mañana…
-Está bien hija. Pero por favor, apenas termines me llamas y te recojo.
-No te preocupes, te aviso cuando terminemos-dijo ella más aliviada.
-Está bien. Cuídate por favor.
Colgó. Y miró la foto de su esposa. Se parecía mucho a Verónica. Se acercó y las besó.
De una caja llena de fotografías que tenía en el ático, colocó varias en distintas partes de la casa. Ordenó también su librero. Y corrigió algunas noticias para la publicación del diario. Sonó el teléfono. Dio un pequeño salto y contestó.
-Hola Papito.
-Hola Vero, ¿Quieres que ya vaya por ti?
-No Papá. Quería avisarte que… Voy a quedar a dormir en casa de Katherine. Aún nos falta mucho para terminar el trabajo.
-Pero cuando termines avísame y yo te recojo-insistió
– ¡Papá, por favor! No sé realmente a qué hora terminaremos, mejor es que me quede aquí. Los padres de Katherine están de acuerdo ¿sí? -dijo con dulzura.
-Hija, ¿Puedo llamar a la casa de Katherine?
-Sí, Papá-dijo ella segura.
Entró la llamada y contestó la misma Verónica, mientras que Katherine leía en voz baja los libros de Diseño.
-Papá, ¿Estás dudando de mí? -dijo cogiéndose la cintura.
-No, hija. No. Sólo que… Quiero… Que… estés bien.
-Estoy bien y estaré bien.
Colgaron.
Estudiaron toda la noche. También rieron y jugaron cartas. Se acostaron cerca de las 4 de la mañana rendidas, pero felices por haber terminado.
Sonó el despertador y se alistaron. El sol, color vino blanco, Verónica lo miraba desde lo alto de la ventana. Parecía dibujado en el cielo y lo resistía una bruma casi inexistente. Tomaron desayuno acompañadas de los padres de Katherine. La estimaban mucho. Habían estudiado con su hija desde el colegio y la amistad era tan grande que posteriormente decidieron estudiar lo mismo.
Intercambiaron algunas palabras con los padres de Katherine mientras guardaban los papeles que habían quedado de la noche. Se despidieron. Salieron felices.
Caminaron por la acera que las conducía a la estación del Metro para tomar la línea uno que las llevaría a la Universidad.
Verónica cerraba los ojos por momentos y respiraba esa fragancia de los grandes árboles que bordeaban la gran avenida. Le hacía recordar a su niñez, cuando su madre la llevaba de la mano al colegio.
Estando ya en la estación del metro, entró una llamada al celular de Verónica, pero por el bullicio de las personas y por el vaivén de los vagones, no pudo escucharlo. Bajaron inmediatamente por una escalera eléctrica. Había mucha gente, la mayoría eran estudiantes. Entraron al metro. Verónica se separó. Y se topó con un sujeto empapado de sudor. Ella cayó al suelo. Él no la ayudó. Levantó la mirada y vestía una chaqueta de color amarilla.
Me levanté temprano y prendí un cigarrillo. Tenía escalofríos. Me sobre paré en el puesto de revistas y compré el diario “The Journal”. Mostraba en la página principal, una fotografía de color negro. Me quedé sentado en una banca leyendo el contenido referente al atentado. Yo había estado cerca, pensé. Y en letras más pequeñas, de la misma portada, mostraba una noticia sobre el suicidio de uno de los redactores del diario. Seguí caminando en busca de un Policía.

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