
El freno no respondía. Los autos se abrían para no golpearlos. El limpia parabrisas dejó de funcionar y la lluvia imposibilitó ver lo que tenía al frente. Un golpe seco me hizo saltar de mi cama. Hubo un largo silencio. Temblaba, pero estaba a salvo. Me preparé un café; era lunes. Me vestí y cargué mi maletín. Encendí el auto varias veces , pero se apagaba. Me recosté en el asiento rendido y cerré los ojos. Me rodeaban doctores y bomberos que gritaban mi nombre. Golpeaban mi pecho, y alumbraban mis ojos con una luz amarilla, sujeté el brazo de uno de ellos. Era mi esposa, la había despertado de su profundo sueño. Se acercó, me besó y tocó mi frente. Ya pasó, me dijo al oído.
Estaba asustado, pero ya más tranquilo, retiré las sábanas y no pude ver parte de mi cuerpo. Desperté y caí de las muletas.

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