
Son casi las diez y aun no regresa. Miro el reloj de la catedral con miedo desde la banca del parque; ya han pasado dos días. Las calles lucen vacías, y la luna se oculta para dar permiso al sol. Ya casi amanece, el cielo se tiñe de color celeste, y el canto de los pájaros va en aumento. Una mujer vestida de blanco llora sentada en las gradas de la catedral, al parecer también esperó a alguien, pero a un hijo; es distinto.

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