
Era una gran cruz de madera que teníamos al frente. Yo me quedé algunos metros atrás, mientras fumaba un cigarrillo. El cielo estaba estrellado y la luna se asomaba por las montañas. Ella miraba la cruz, parecía que rezaba. De un momento a otro, alzó sus brazos quedando perpendiculares a su cuerpo, la luna se dejó ver en todo el horizonte y un vientecillo levantó sus cabellos. Desde donde yo me encontraba se proyectó una imagen religiosa e impactante, erizándome la piel. Luego encendió un cigarrillo. Me acerqué. Me abrazó. Te amo, me dijo al oído. La besé en la frente y me hizo saltar de dolor. Nos quedamos mirando la cruz abrazados, mientras me quitaba dos espinas de mi labio.

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