
El agua es vida, pura y sin pecado. Cada gota de lluvia se mezcla en las alturas con los fríos manantiales. Su frescura y pasividad atraviesan montañas; se deslizan por sus faldas y se encausan casi de forma vertical a gran velocidad para limpiar su camino de maleza, piedras y rocas; a lo lejos un ensordecedor ruido alerta a la población que huye desorientada; luego la golpea e inunda hasta ocultarla.
Algunos lloramos, y nuestras lágrimas se unen al torrente turbio que sigue su curso devastador hasta llegar al mar, mientras unas nubes negras vuelven a ocupar el cielo de las montañas para nuevamente llorar.

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