
Como un sosegado rayo de luz que penetra disipando la oscuridad,
colándose una imagen entre los estantes avasallados por el tiempo,
lomos amarillentos y corroídos de sabiduría decantada se resisten e
innumerables huellas dactilares se aparean para no mostrar su contenido.
Páginas pares e impares se contraponen, se abrazan de dolor antes de ser
devoradas y editadas por pequeños insectos carroñeros que engendrarán poesía.
Los cuentos son estranguladas por la profecías climáticas: desnudando la palabra.
Y párrafos huérfanos e inexistentes yacen abatidos por la mutilación de su voz.
Mis manos contienen el apetito y mis ojos el deseo ávido hasta empalagarse,
embarco desde el prólogo lujurioso de sus aguas y fragmento el contenido.
Mi quietud se prolonga y las horas se vuelven cristales, no existen setiembres
ni pasado mañanas, pues cada segundo construye el epílogo de mi naturaleza poética.
En los libros: la respuesta.

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