
Camino entre las líneas del tren, voy contando cada uno de mis pasos, asentando los pies y sus huellas con mayor facilidad, piso piedras blancas, grises y algunas negras, éstas crujen y salen expulsadas violentamente del camino. Mi rumbo está cercado por las líneas oxidadas que se pierden en el horizonte, cada paso que doy tiene un sentido, un rumbo encasillado entre paredes férreas… me lleva, me dirige, me hace avanzar involuntariamente, no sé cuál será el destino, lo único que hago es caminar.
Oigo a lo lejos ruidos extraños del bosque que me tientan. Pero lo único que escucho es el ruido de las piedras de este camino vacío y el silbido del viento avisándome lo lejos que estoy de mi destino. Y sin hacer algún tipo de esfuerzo el camino me dirige y me dibuja un destino que no quiero.
Si miro para abajo todo es igual, las piedras, las líneas, algunas plantitas moribundas. Si levanto la cabeza todo es maravilloso, el cielo al amanecer y al anochecer, las praderas, los árboles, el frío de las montañas y la lluvia.
No quisiera abandonar mi presente continuo, podría avanzar más y más por este camino, pero debo parar. Me detuve por un instante y pienso: no soy una locomotora ni un tren, soy un ser humano, con razón y en busca de libertad. Doy un paso a la izquierda y salgo de las líneas del tren, abandono este camino aburrido, irreal y absurdo. En la cima de una pequeña loma veo como se pierden las lineas del tren, perdí mucho tiempo siguiéndolas, esperando que se junten en el horizonte como me contó mi abuelo. Pero sus bordes nunca se juntan.
Ahora que sigo un nuevo camino todo es distinto. Ingreso a un bosque con árboles muy altos lleno de frutos y pájaros, disfruto cada paso que doy, me encanta el paisaje, ahora lo que piso está con vida: suelos lleno de hierba, flores y piedras de varios colores, a lo lejos se escuchan las aguas de un río, el zumbido de los insectos bebiendo de las flores. Me acerco al torrente de agua transparente, la contemplo, bebo de su pureza, y descalzo empiezo a caminar por su cauce, tan igual como en las líneas del tren, siguiendo un rastro sin fin, caminando solo y esperando que sus orillas se junten en el horizonte: nuevamente sin destino.

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