Éxtasis

Toda esa noche la pasé mal, tocía como moto, me movía de lado a lado, me dolía todo el cuerpo sintiendo que me acuchillaban la espalda. Sudaba frío, pero mi cuerpo lo sentía caliente. Me vinieron unas ganas tremendas de orinar, pero me dolía todo. No sentía mis piernas, me quedé sentado en mi cama mientras buscaba sentir mi pulso, me costaba mucho abrir los ojos, los sentía muy pesados, las luces que veía del gran ventanal de mi cuarto me molestaban. Me desenrollé del capullo de sabanas que había hecho por tanto moverme y asenté mis pies al suelo, me costó mucho ponerme las pantuflas, al dirigirme al baño no levantaba las plantas de los pies, los arrastraba por el malestar del cuerpo. En el trayecto pateé unos libros que se encontraban al pie de mi cama que terminaron al fondo de mi habitación. Prendí la luz con movimientos retardados, me acerqué al espejo con miedo. Me asusté mucho, estaba verde, con ojeras hundidas, tenía granos pronunciados, y los ojos húmedos y pequeños.
Oriné con dolor y por todas partes, me dolía tanto el cuerpo que sentía malestar al estirar el brazo para jalar la palanca.
Apagué la luz del baño, y sufrí nuevamente para llegar a mi cama.
Me senté primero en la cama para luego levantar las piernas que las sentía muy pesadas, me tapé hasta la cintura pero las sabanas y mi pijama estaban heladas. Comencé a encoger y a estirar mis piernas pausadamente para que con la fricción generara calor. La cama y mi cuerpo se calentó menos mis manos así que repetí la misma tarea pero con las manos.
-Debo estar con fiebre- pensé.
No aguantaba el dolor, me quedé mirando el vacío de mi habitación, solo oía sirenas que se perdían en la lejanía.
Mi cuerpo comenzó a temblar. Me asusté mucho más y pensé que esto ya no era algo normal.
-¡Mamá! -grité fuertemente, retumbando esa palabra por todo el pasillo.
Mi madre prendió la luz y aterrada por verme en esa condición me dijo preocupada-¿Que te sucede?
-Me duele todo el cuerpo, no puedo dormir-murmuré.
-Hijo, estas pálido, ¿no quieres ir mejor al médico? -Me dijo mirando la hora y preocupada
– tengo mucho frio, no quiero salir de la cama- Dije con voz que parecía salir de una tumba.
-se te ve muy mal cariño, te voy a traer pañitos calientes-
-Mamá dame una pastilla por favor, esa que le diste a Carla cuando tuvo fiebre-dije implorando
Mi madre se dirigió a su dormitorio en busca de la pastilla. A esa hora de la noche, solo se escuchaba el alboroto de cajas, pomos y blísteres que hacia mi madre mientras rebuscaba la pastilla.
En la oscuridad de mi cuarto me retorcía de lado a lado de dolor y fastidio, hasta que por fin escuché entrar a mi madre, trayéndome la pastilla y un vaso con agua.
-Ahí tienes hijo. Pásala con cuidado, es grande la pastilla. Tomate toda el agua.-Me lo dijo preocupada como si aún fuera niño
Tomé un sorbo grande de agua ingiriendo la pastilla de inmediato, no pensé dos veces en secármela toda.
-Ah, gracias Mama-se lo dije casi sin aire.
-ahora te sentirás mejor Hijo, por favor descansa y me avisas cualquier cosita ¿ya?- diciéndomelo con ese amor de madre para transmitirme tranquilidad.
-Ok mama, sé que me pasará. Apágame la luz por favor.
Me dejé resbalar en la cama y cerré los ojos. Dormí algo, creo que cinco minutos.
Cuando de pronto Abrí los ojos y vi en mi cama pequeñas avecitas medias redondas de todos los colores que comían en platos anaranjados. Algunos giraban su cabecita para mirarme, unas se acercaban y me picoteaban los dedos de las manos y otras hacían sus necesidades en mi pijama.
-¡Mama!- dije despavorido
-¿Qué te pasa hijo?-me dijo asustada, luego de prender la luz
-¡Mira estos pájaros que están en mi cama!¡ estoy embarrado de caca¡-dije mostrando cara de asco.
Mi madre muy confundida y preocupada exclamó:-hijo ¿qué tienes?, ¿qué te pasa? ¿De qué me estás hablando?
-¡Mira mi pijama!, ¡tengo caca de pájaro!
-Hijo no hay nada en tu pijama, ¿de qué me hablas?, no entiendo que te sucede -dijo ella sorprendida por la incoherencia.
-Mama, ¿no los vez?-dije lloriqueando y clavando la mirada al borde de la cama.
-¿A quién? ¿Qué te pasa?-Pregunto desconcertada
Mi madre asustada y sin entender lo que pasaba, llamó doctor además fue por más agua. Luego me alcanzó una polera para cambiarme la ropa, me tranquilizó y apagó la luz. Yo ya no los veía.
Habré dormido unos minutos, cuando un gran destello iluminó mi habitación. Mi mamá ya no estaba. Me acerqué a la ventana de inmediato. Puse los puños en el vidrio y sentí atreves de ellos el frio de la noche, miré para abajo, y la casa flotaba, estaba a pocos metros del inmenso mar azul, veía pequeñas olas que se encrespaban por el viento.
De reojo vi entrar a mi madre al dormitorio, se quedó mirando por la ventana acompañando mi soledad y me dijo:-¿te sientes mejor no?-Si mama- dije con tranquilidad y sin mirarla.
Mi madre estaba más tranquila porque me veía con un mejor semblante. Me pasó su brazo por atrás tocándome la parte baja del hombro y apoyó su cabeza en la mía. Con la otra mano sostenía la pastilla correcta que debió darme. Mientras tanto yo miraba el océano azul y mariposas gigantes que brillaban como luces de neón que se apoyaban al gran ventanal.

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