Librería al paso


No leo nada. Menos piso una librería. Pero esa noche en Quilca se picó la cosa: hacía un grafiti cuando cayeron los policías y corrimos todos. Mochila en la espalda y lata en mano, me metí en un local medio oscuro que daba más miedo que la calle.
—No me delate, maestro —le rogué al librero.
Entró el tombo y disimulé agarrando lo primero que vi: Rayuela. Lo hojeé rápido; decía que se podía leer de cualquier forma. Qué rayos es esto. Le pedí al viejo algo simple, de un solo día. Me tiró el Ulises. Miré ese ladrillazo de mil páginas y casi me desmayo: ¿tanto rollo por un solo día? Qué vaina.
El policía caminaba entre los pasillos. Agarré uno de Roberto Bolaño creyendo que era del Chavo, pero no me cuadraba qué tenía que ver el 2666 con Chespirito. En eso, el tipo se rinde, saca plata y le compra al tío un libro de un tal Tabucchi.
Aún con la lata oliendo a pintura y el guardia fuera leyendo, me despedí pensando en qué momento se jodió el Perú.

Grafitero escondido en una librería mientras huye

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