Dos golpes secos retumbaron en el pasadizo. La puerta se abrió y apareció él: un tipo enorme, musculoso, que bloqueaba toda la luz del interior.
—Sé que Lucía está contigo —solté, intentando mirar de reojo por encima de su hombro.
No hubo respuesta. Me tomó de la solapa, me arrastró hacia el departamento y cerró de un portazo.
—¡Lucía! —grité, desesperado.
—Cállate —gruñó, acercando su rostro al mío hasta que sentí su aliento. Me asfixió un poco más el cuello de la camisa.
Al fondo del pasillo vi la silueta de una mujer cruzando rápido. No pude ver si era ella.
—Escúchame, bastardo, ella no está aquí —dijo el gigante.
Me soltó, caminó hacia el aparador y me arrojó un trozo de papel arrugado. La letra era de Lucía: «Carlos, cuando leas esto, ya habré salido del país. Si quieres saber dónde estoy, sígueme en todas mis redes, dale «me gusta», comparte y no te olvides de activar la campanita»


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