Un mal día

Cayó del piso catorce. Lo cubría una bolsa celeste que, a diferencia de lo habitual, no dejaba ver los pies. Imposible saber el género. Me quedé estancado entre la multitud, contagiándome de la morbosidad y el drama ajeno, hasta que un rayo me cruzó la mente: mi hijo vive a dos cuadras. La ansiedad se disparó a mil.
Le escribí. Nada. Llamé y saltó el buzón de voz. Un nudo ciego se me plantó en la garganta. Alberto, mi compañero de trabajo, notó mi repentina palidez y preguntó si todo iba bien. Mentí. Pasé la siguiente hora midiendo el diseño de una pancarta, pegado al celular, atrapado en una contradicción macabra: quería correr hacia la bolsa celeste, pero estiraba el tiempo por terror a encontrar el rostro de mi hijo. Quería saber ya; no quería saber jamás.
De regreso a la oficina, el cordón policial se había ampliado. Un hombre alto bajó de un auto negro, ajustándose el guardapolvo blanco y los guantes de látex. El fiscal de turno. En la oficina inventé que debía recoger un paquete en el correo y salí disparado. Me estacioné cerca del edificio de mi hijo, todavía sin señales de vida en la pantalla.
Dos curiosos conversaban a unos metros, gesticulando hacia arriba. Me acerqué con una idea fija: preguntar el sexo de la víctima. Si decían «mujer», recuperaría la mitad de la existencia. Justo antes de abrir la boca, el celular vibró en mi mano. Temí lo peor. Miré la pantalla y la luz me devolvió el alma al cuerpo: «Hola pa, todo bien». Volví a mirar la bolsa plástica, compadecí por fin al extraño, y subí al auto sintiendo el peso del mundo desvanecerse.

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