Un gran medico

Era mi primera práctica quirúrgica y me ordenaron solo mirar. Pero el instinto me venció cuando me dejaron a solas con el paciente sedado. Fascinado por el tendón de Aquiles expuesto, hice un corte. Por dentro, el cuerpo era como mi propia vida: un desorden de cables sueltos que no coincidían. Improvisé un nudo ciego para unir cabos, acomodé la piel con las pinzas y pasé la aguja. «A coser», murmuré. Cubrí la pierna con la sábana justo cuando los cirujanos volvieron al quirófano. Me miraron recordándome que yo solo era un testigo. Iba a mostrarles orgulloso mi trabajo, pero en ese instante descubrieron el torso del paciente y hundieron el bisturí en el pecho. Me tragué las palabras y decidí no hablar por el resto de la vida.

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