Caminaba por un callejón aislado del centro.
El vapor que salía de las alcantarillas la inquietaba: había visto suficientes películas para saber que algo ocurriría.
Y ocurrió.
Al final del callejón encontró una lámpara. No parecía la de Aladino, pero igual miró a ambos lados, se arrodilló y la frotó.
Un remolino de humo azul apareció frente a ella.
Un genio con turbante habló con voz grave:
—Te concederé tres deseos.
—Quiero tener siempre la razón —dijo ella.
El genio chasqueó los dedos.
—Deseo concedido. Te quedan dos.
La mujer cruzó los brazos, lo miró fijo y respondió:
—No. Me quedan nueve.


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