Humberto, el viejo.

Hace mucho tiempo que Humberto no inicia —y menos aún termina— la lectura de un libro. Recorre librerías como quien busca una revelación; se sienta en un parque y contempla con avidez sus compras, arrancando el film con una ansiedad casi infantil para hojearlas de inmediato. Camina con los volúmenes bajo el brazo y, cada ciertos metros, vuelve a curiosearlos: pasa las hojas, se detiene en un párrafo cualquiera y lo lee en voz alta, como si necesitara comprobar que aún puede hacerlo.

Al darse cuenta de lo que acaba de hacer, gira la cabeza para verificar si alguien lo observó. Como no encuentra a ningún transeúnte, cruza de vereda, fingiendo que aquel movimiento solo respondía a la necesidad de esquivar un auto inexistente.

Ya en casa, se deja caer en su sillón preferido. Busca un lugar para los nuevos libros, vuelve a sentarse, los revisa, los cambia de sitio y finalmente los abandona sobre el escritorio. Recorre su biblioteca, acaricia lomos y títulos, los examina con las manos en la cintura y los lentes rayados, vencidos y sin medida.

Luego se encierra en su habitación. En el pequeño escritorio, enciende la lámpara. Abre el libro y empieza por el prólogo… pero lo lanza por los aires.

—Uno más —murmura—. Cada día las editoriales imprimen las letras más chicas y más borrosas —vocifera el lector sexagenario, que no visitaba a su oculista desde hace varios años.

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