Ley de la atracción

“Vamos, tú puedes, eres la mejor del equipo”, le decía. Me gustaba verla sonreír, aunque lo hiciera pocas veces al día. Cuando llegaba temprano tomaba pastillas de colores, decía que eran vitaminas; luego se dormía en su escritorio. Por las tardes fumaba media cajetilla encerrada en su auto. Después se perfumaba y salía a visitas. Todos le tenían respeto y miedo. Yo también, aunque por otras razones.

Vende bien, pero se derrumba con facilidad. A veces viene molesta a decirme que no llegará a su meta. Yo solo la miro y sonrío: “Cambia tu forma de ver las cosas”. Predicaba lo que no practicaba, porque yo acumulaba más fracasos que alegrías. Estudié Literatura en San Marcos, pero terminé en ventas. Escribía desde el colegio; nunca gané un concurso. Por eso me convencí de que mi futuro no estaba en la escritura. Tampoco en las ventas, pero al menos allí pagaba mis deudas… a medias.

Un día la invité a tomar un café. Hablamos, reímos. Le comenté sobre su pesimismo y le recomendé libros de autoayuda que, en el fondo, consideraba basura impresa. Luego le dije algo solemne: “Somos lo que pensamos la mayor parte del tiempo; si pensamos en éxito, seremos exitosos”. Sus ojos color caramelo me miraron distinto. Sentí algo. Ella también, creo.

Esa noche pensé en ella mientras manejaba mi escarabajo del 78. Venía de ver a Emilia, mi novia. Había ido solo por cumplir. Su familia me agotaba y sus primos vivían idiotizados mirando pantallas. No me despedí de nadie, salvo de ella. Crucé por Quilca, la bohemia de Lima, y recordé mis tiempos universitarios: poemas, licor barato, el Bar Queirolo, Reynoso, Ildefonso. Ya no quedaba nada de ese mundo en mí, excepto un cansancio que olía a derrota.

Pasé por calles sucias, llenas de basura, travestis discutiendo con la municipalidad, miradas perdidas en la madrugada limeña. Encendí un cigarrillo y pensé en ella. Siempre en ella. Llegué a mi cuarto alquilado, donde vivía una anciana que me tenía cariño y jamás me cobró los doce meses de renta que le debía. Me preparé para escribir, pero la hoja en blanco me derrotó otra vez. Prendí la radio. Sonó “All You Need Is Love”. Ameritó otro pucho.

A las cuatro de la mañana, dos mensajes me sacaron del sopor. Emilia preguntaba si había llegado bien. No respondí. Luego vibró de nuevo: era ella. Me enviaba una foto con una amiga, copas de vino en la mano. Me hizo una broma; respondí de inmediato. El corazón me latía fuerte, como si tuviera veinte años. Me invitó a un bar al que iba con mi novia todos los sábados. Dudé y acepté. Imposible dormir después de eso.

Al amanecer, revisé los mensajes de Emilia: todo bien, decía. También encontré más mensajes de ella, disculpándose por la hora y confirmando la salida del viernes. Volví a aceptar, sin pensarlo. De día uno no es el mismo que en la noche. La adrenalina se disipa, la sombra del villano se esconde, y el poeta maldito vuelve a ser un hombre común.

Tengo cuatro años con Emilia, y en unos meses cumpliremos uno más. A ella la conozco apenas desde junio, pero me hace sentir distinto. Me llena de dudas. Me recuerda que elegir también puede ser una forma de perder. ¿Soy afortunado por tener dos opciones? ¿O simplemente estoy condenado a herir a alguien? A veces quisiera estar solo; la soledad no reclama, no exige, solo acompaña. Pero con Emilia hay cariño, confianza… y amor. O eso intento creer cuando no puedo dormir y miro el techo preguntándome qué es, realmente, el amor.

Ella —la que aún no nombro aquí— practicó lo que yo solo predicaba: pensó en mí. Me atrajo. Yo también la pensé. Y así, como imanes de polos opuestos, nos acercamos sin importar el daño ni las consecuencias. Entró en mi relación sin permiso, tocando fibras que creía enterradas, quemándome el pecho y asfixiándome con un placer culpable. La ley de atracción existe. Funciona si la crees, la piensas y la practicas… incluso si destruye lo que toca.

Los escritores necesitamos historias para existir. Este relato lo terminé al día siguiente de recibir sus mensajes de madrugada. Lo envié a un concurso. Días después, gané. Cogí el celular para escribirle, para invitarla a acompañarme. Quince segundos después, borré el mensaje.

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