La última ola trajo consigo una botella.
El niño la observó sin perderla de vista mientras se confundía entre la espuma y la arena, hasta que encalló suavemente en la orilla. Sin mirar a sus padres —como solía hacer cuando pedía permiso—, se acercó y, con cautela, retiró el corcho. Dentro había un papel diminuto, enrollado, como en los cuentos que le relataban cuando era más pequeño.
Con sus dedos torpes lo desenrolló. Alcanzó a leer unas pocas palabras antes de que la voz se le quebrara. Gritó llamando a sus padres. Ellos corrieron, leyeron el mensaje, se miraron en silencio, lo abrazaron con fuerza y, sin decir una palabra, guardaron el papel, lo volvieron a enrollar y lo lanzaron al mar, como si devolvieran algo que no les pertenecía.
El niño creció, pero aquella escena se quedó anclada en su memoria.
Años después, ya adolescente, perdió a sus padres en un accidente. Se casó con una mujer hermosa y tuvieron un hijo al que llamó como él: Felipe.
Pasaron los años. Una tarde, en la misma playa, su pequeño encontró una botella parecida. La abrió con curiosidad e intentó leer el mensaje. Corrió hacia su padre para mostrárselo. Felipe —el mayor— lo tomó con manos temblorosas. Sintió el corazón agitado, las lágrimas ardiéndole en los ojos. Apretó el papel con fuerza, lo arrugó sin destruirlo.
Y se lamentó, una vez más, de no haber aprendido ruso.


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