Volví al mismo pasadizo donde solía acompañar a mi padre antes de que muriera. Miré las baldosas sucias, carcomidas por la humedad. Las enfermeras evitaban mi mirada, como buscando una solución imposible o un gesto de cariño que las salvara del desgaste.
Habían pasado quince años desde aquel momento y sentí el mismo frío que aparece cuando sabes que la muerte ronda a tu familia. En ese instante solo tienes dos opciones: olvidar o recordar.
Me senté al final del pasillo y, frente a la imagen de San Martín de Porres, recordé la promesa que le hice para que sanara a mi padre. Una lágrima me resbaló por la mejilla.
Los rostros de los pacientes a mi alrededor, cargados de incertidumbre y desolación, me devolvieron el impulso de olvidar. Pero una anciana se sentó a mi lado. Tenía una bolsa de medicamentos que, en sus manos, parecía una bolsa de caramelos de niños. Giró hacia mí como queriendo compartirlos. Me tomó la mano y sentí que la muerte habitaba en ella, o tal vez era la mismísima guadaña.
En ese instante solo sonreí, aceptando su presencia y esquivando el miedo que me amenazaba.


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