El perro

Vivía con mi abuelo en aquella época. Tenía ochenta años, pero estaba en perfectas condiciones: cuidaba mucho su alimentación. A veces se daba sus gustitos: un chocolate que nos enviaba mi hermano desde Estados Unidos o un buen trozo de carne, sus dos debilidades. En su último chequeo médico, el doctor le advirtió que solo podía permitirse esos placeres una vez al mes.

Todas las mañanas se reunía con sus amigos del colegio en algún café. Al regresar, se le notaba feliz. En la pequeña terraza preparábamos café y me contaba las anécdotas del día. Aquellas salidas le hacían bien: ejercitaba la memoria y caminaba lo suficiente para mantener su cuerpo activo. Muy pocas veces se demoraba más de la cuenta; sabía que yo siempre cocinaba para los dos. Yo no salía de casa: trabajaba allí, corrigiendo textos para un periódico local.

Había acondicionado un pequeño estudio en mi habitación del tercer piso. El abuelo era mi única familia cercana: me crió desde pequeño. Mis padres murieron en un accidente de bus en el norte del país. Apenas conservo recuerdos de esa época, salvo la imagen de dos ataúdes juntos en un jardín y a mi abuelo abrazándome mientras la gente, vestida de negro, mojaba mis mejillas con lágrimas.

Ya he superado ese duelo. No temo a la muerte; incluso puedo hablar del tema con mi hermano que vive lejos.

Un lunes, mientras corregía un reportaje que saldría el domingo, el perro del vecino comenzó a aullar. No me dejaba concentrarme. Apagué a medias un cigarro en un vaso con agua, donde ya flotaban otros cuatro de la noche anterior. Abrí la ventana: entró un olor a tierra mojada.

—¡Callen a ese perro, por favor! —grité.

Cerré la ventana, pero no pasó ni un minuto antes de que los aullidos continuaran. Prendí otro cigarro; la caja de fósforos rodó detrás del escritorio. La habitación estaba llena de humo. Tosía hasta tener arcadas. Me puse audífonos, pero el aullido se colaba entre las canciones. Tecleaba con vehemencia, cada vez más exaltado.

—No soporto más —murmuré, golpeando el escritorio.

Dejé la puerta entreabierta para que mi abuelo pudiera entrar y salí decidido al edificio de atrás. El vigilante miraba un partido de fútbol en blanco y negro.

—Señor, necesito hablar con la dueña del tercer piso —le dije.

—¿Con qué familia? —preguntó sin mirarme.

—No sé. Pero tienen un perro que aúlla todos los días, a cualquier hora. Estoy harto.

—¿El perro qué? —repitió sin despegarse del televisor.

Tomé mis llaves y salí, furioso. Al regresar, el vecino de al lado me advirtió que el cartero me había buscado con un paquete desde Estados Unidos. Aproveché para preguntarle por los aullidos. Asintió con la cabeza. Me confesó que también lo despertaban todas las mañanas. Trabajaba en un bar hasta la madrugada y dormía de día; incluso había pensado en envenenar al animal, pero su esposa lo detuvo. Me sentí menos solo en mi furia.

Regresé a mi habitación. El perro seguía aullando. Me serví café, lo derramé, me quemé la boca. Se me cayeron los lápices bajo el escritorio, apagué sin querer la computadora y me golpeé la cabeza al levantarme.

—¡Estoy harto, maldito perro! —dije entre dientes.

Al día siguiente, salí en bicicleta al centro. Manejaba decidido, el cigarro entre los dedos como si fuera la chimenea de una locomotora. Crucé calles sin mirar. Tenía claro mi objetivo: matar al animal.

—Necesito veneno para ratas —le pedí al chino del almacén.

—¿Cuántos sobres quiere?

—Dos.

—Son treinta pesos.

Sentí que aquel hombre era parte de mi “comitiva exterminadora”.

De regreso, el vecino volvió a hablarme del cartero y, bostezando, me comentó que otra vez no había podido dormir por el animal. Moví la cabeza. Esto acabaría ya.

En la cocina freí un pedazo de carne. Olía delicioso, como para mí. Lo embadurné con veneno por ambos lados. Parecía una milanesa.

«Esta vez callará para siempre», pensé.

Subí a mi habitación con el plato. El perro seguía aullando. Coloqué un banco junto a la ventana para impulsarme y lanzar la carne a la terraza. Me paré en el borde, pero perdí el equilibrio y resbalé.

Abrí los ojos en un hospital. Tubos en la boca y la nariz, el brazo derecho enyesado, la cabeza envuelta en gasas. Una enfermera anotaba datos en un monitor.

«Dios… ¿qué pasó?»

Intenté moverme. Todo era dolor. La enfermera se fue. Al despertar otra vez era de noche; tenía un collarín y la garganta seca.

—Fabio, despertaste. ¿Cómo estás? —era mi hermano, más delgado y casi calvo.

—No recuerdo nada. ¿Qué me pasó?

—Caíste del tercer piso. Pensé que te perderíamos.

No podía comprenderlo. ¿Cómo había caído? ¿Desde mi habitación?

—¿Hace cuánto estoy aquí? —pregunté.

—Tres meses. Tuviste fracturas múltiples de cráneo, brazos y piernas.

Cerré los ojos. Todo era confuso.

Dos semanas después me dieron de alta, pero no volví a casa. Con un mandil naranja y un chaleco antibalas, me llevaron a la sala judicial del pueblo. Me acusaban de asesinato y de intento de suicidio.

Fui sentenciado a quince años de prisión. En la celda recibí una caja. No era del cartero, sino de mi hermano. Dentro no había chocolates, sino portadas de periódicos:
“Exeditor envenena a su abuelo y luego intenta suicidarse”
“Sentencian a editor asesino de abuelo a 15 años”.

Sigo escribiendo desde prisión. Me faltan ocho años para salir. Aún no recuerdo qué pasó aquel día. ¿Por qué acabar con la vida de mi abuelo? ¿Lo quería? ¿Estaba cansado de él? ¿Qué me hizo hacer todo eso? ¿Cómo caí? Me pregunto.

Cansado de cuestionarme, cerré mi cuaderno y soplé la vela. La oscuridad llenó la celda. Cerré los ojos. Entonces, desde los techos del penal, escuché el aullido de un perro. Abrí los ojos de golpe y me incorporé en la cama.

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