Huanta, corazón de la sierra peruana, palpitaba al ritmo de las campanas de la iglesia. Sus picos nevados, teñidos de rosa al amanecer, contrastaban con el verde intenso de los valles. El Padre Sebastián, o Sebas para los más cercanos, era el alma de este pueblo. Cada domingo, envuelto en una casulla bordada con hilos de oro, oficiaba misa en la pequeña parroquia de piedra.
Antes de la celebración, visitaba a Doña Felisa, una anciana de mirada profunda, a quien la comunidad respetaba por sus conocimientos ancestrales. Juntos rezaban un padre nuestro, y ella, con voz suave, le contaba historias de la tierra. Luego, se dirigía a la casa de Luis, un niño de ojos grandes y brillantes, a pesar de la enfermedad que lo aquejaba. Le llevaba flores amarillas, las favoritas de su madre, y juntos recitaban una pequeña oración.
En el altar, lo acompañaban los monaguillos: Darío, José, Carlos y Eufrasio, cuatro jóvenes que llenaban la iglesia de alegría. Pero todo cambió con los incendios. Las llamas devoraron parte del pueblo, y los niños tuvieron que marcharse. Desde entonces, solo un hombre de avanzada edad, con una barba blanca que le llegaba al pecho, lo asistía en la misa. El Padre Sebastián nunca supo su nombre, pero apreciaba la presencia silenciosa y devota de aquel, acolito anónimo.


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