Una verja y jardín oscuro. Ladridos. Dos golpes secos a la puerta. Se reconocieron al instante, tomaron asiento. Silencio. Uno de ellos, el calvo, abrió el maletín, eran millones. Adán, el viejo del bastón y dueño de la propiedad, revisó el dinero y documentos. Estaban armados. Ambos preparados para cualquier movimiento extraño. El que llevaba el maletín introdujo la mano al bolsillo. Era el arma. Pasos. No estaban solos. Movimientos. Murmullos. Encendieron la luz. Vuelvan a grabar, gritó el director de la película.


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