El fruto de la lectura

Recién despedido y aburrido del encierro, me refugié en la lectura. Volví a esa biblioteca, grande y oscura, situada debajo de un puente, al borde del río Rímac. Cada vez que devolvía libros alquilados, el pequeño bibliotecario los tiraba a un gran hoyo donde se mezclaban novelas clásicas, contemporáneas y distintas obras poéticas. El proceso era el siguiente: las hojas se descomponían de manera natural, los gusanos también hacían su trabajo y en un par de días, el lugar emanaba un olor fétido que nadie soportaba. En la parte posterior de los estantes, en un pequeño laboratorio, el minúsculo personaje esparcía semillas en agujeros, luego las abonaba con el material descompuesto, el riego era seguido. A media semana, brotaban dos hojitas; el índice y prólogo, al mes, con más agua, luz y dedicación: los capítulos, tomos y hasta grandes colecciones.

Una respuesta a «El fruto de la lectura»

  1. Muy lindo.

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