La mujer sexagenaria abrió la cortina ante tanto griterío.
—Está bien, me toca contar, pero no te escondas tan lejos. Voy a empezar. Uno, dos, tres, …, ocho, nueve y diez. Salgo.
Al voltear no había nadie. Buscó entre los arbustos, debajo de los autos. Nada. Pasaron los minutos, horas. Ni rastro.
—¡Susana! ¡ya sal! Terminó el juego. ¿Dónde estás? —gritaba desesperada la niña.
La mujer cerró la cortina, lloraba desconsolada, hasta que tomó media pastilla y casi todo, volvió a la normalidad.
Todo esto lo escribí, antes de tomar la media pastilla que le sobró a la sexagenaria que imaginé, mientras tú también lo imaginas.


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