Alcé la mano a la enfermera, una opresión fuerte al lado del corazón. Dolor. Oscuridad absoluta, salvo una pequeña luz al final. Caminé. Una mano roja y peluda me condujo por aquel camino. Obligó a sentarme en un sillón, escribe, dijo. Al lado derecho un hombre de tenue bigote con un cuervo en el hombro, escribía concentrado. Y al lado izquierdo, otro, con cara de mono bebiendo cerveza, mientras una mujer rubia le acariciaba el pecho.


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