
Cuatro campesinos de distintas partes del Cuzco quedaron horrorizados. El del norte, vio galopar a un caballo negro, que movía su cabeza de forma inusual, arrastraba un brazo sujetado por una soga. Lo mismo observó el del oeste. Sin embargo los campesinos del sur y este, las fieras descontroladas, remolcaban piernas ensangrentadas. En el centro, para ser precisos, desde la plaza de armas del Cuzco, el pueblo lloraba al líder de la mayor rebelión anticolonial. Esta veneración fue en aumento, mientras más se alejaban los corceles por el continente.

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