
No pude dormir más. El ruido provenía del pequeño almacén, al fondo del jardín. Salí. Estaba con lámpara en mano y descalzo. Iluminé mis pies, ambos cubiertos de lodo. La cadena estaba en el suelo. Empujé la puerta. La luz penetró al recinto, partículas de polvo revoloteaban el halo de luz. Los viejos muebles de mi padre seguían cubiertos por sábanas. Algo corrió tras el viejo piano y alumbré siguiendo el ruido. Ratas o gatos, nunca los dos, me dije. Alumbré. La silla de ruedas de mi padre la tenía al frente. Ésta giró y vino lentamente hacia mí. Quién la había movido , pensé. Me persigné. Cogí una sabana del suelo, y cubrí la silla, pero ésta tomó forma de un hombre de mediana estatura, pues la cabeza cubierta por la sabana posaba a la altura del respaldar. Se acercó más. Iluminé a la altura del pecho y la luz lo atravesaba. Pasé saliva. Se levantó y parte de la sabana quedó enganchada en la rueda, ésta fue deslizándose hasta quedar en el suelo. No había nadie.
Abrí los ojos. Estaba en mi cama, miré el techo por un momento. Me levanté, y fui hacia la ventana. Hacía frió. El único ruido que escuchaba, eran de insectos y lechuzas; un indicio de que todo andaba bien.
Debo estar con fiebre, pensé, pues sentía una punzada en el pecho. Prendí la luz del baño y miré el espejo de cuerpo entero y fue en vano; dos pies cubiertos de barro eran el único reflejo.

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