
Karl, un amigo francés, iba por primera vez al dentista. Cogió una revista, sin entender lo que decía. Pasó página por página, hasta el final. Luego siguió con un par más, hasta que gritaron su nombre. Ingresó. Se recostó. Le dieron instrucciones, pero siguió sin entender. Una mano por detrás le colocó un aparato para mantener la boca abierta, dificultándole tragar saliva. Le colocaron un aspirador y estuvo más tranquilo. Luego, con un instrumento parecido a las tenazas, forcejearon fuertemente, hasta que se rindió.
Mi amigo francés además de perder la lengua, ahora vive en otro continente y cambió, sin dificultad, de lengua; el español.

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