
A pesar de estar solo, me atreví a mirar el espejo. Mi habitación se encontraba iluminada por el resplandor azul de la luna. Observé mi rostro, estaba desmejorado y demacrado. Apoyé la frente en el espejo y cerré los ojos. Uno, dos y tres, conté para mí. Los abrí. Estaba al otro lado. Mi cabeza descansaba en un cristal. La luz que entraba por la ventana iluminaba el cuerpo que dejó de ser mío. A pesar de ver los ojos cerrados de aquel cuerpo, los párpados se movían por diferentes sentidos, su respiración aumentaba y empañaba el cristal hasta formarse gotas que se deslizaban de manera uniforme. Las manos y hombros se sacudían involuntariamente haciendo erizar mi piel. Di un pequeño giro para darle la espalda al cuerpo, y nuevamente me vi reflejado en el espejo. Abrí los ojos y mi rostro tenía un mejor semblante, como si hubiese descansado por varias horas. Sonreí y estiré mis brazos de alivio y felicidad, pero el reflejo no obedeció mis movimientos.

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