
Una tarde calurosa de verano, caminaba por una calle abarrotada de personas. Iban y venían; de la mano o a solas, como yo. Una chica de camisa a cuadros me miró mientras inflaba un enorme globo con un chicle del color de sus labios. La miré de reojo y seguí. Sentí el sabor de la goma de mascar en mi boca, intenté abrirla pero la mandíbula no me respondía, tenía la cara flácida, tampoco me reaccionaron las piernas. Mis brazos se alargaron hasta tocar el suelo. El cuello se estiró y cedió, quedando mi cabeza al lado de la cintura. Luego caí, enredado y envuelto en un metro cuadrado. Desde el piso, miraba piernas que se acercaban para observarme y algunos me tiraban monedas.

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