Humberto rozaba los sesenta, no tenía amigos por renegón y coleccionaba antigüedades a precio de ganga. En un garaje vio unos guantes deshechos por la humedad.
—¿Cuánto por esta porquería?
—Dos mil dólares. Los usó el arquero de la selección en el 70.
Humberto los arrojó con desdén:
—¿Pagar tanto por algo usado? Qué estafa.


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