Apenas lo vio, quedó impactada. Era exactamente como lo imaginaba: alto, de cabello castaño, aunque desde el piso 14 nunca había logrado distinguir el color de sus ojos. Cada mañana, armada con sus largavistas, lo observaba caminar junto a su poodle marrón. Él ignoraba que era el centro de aquel ritual, hasta que una mañana, mientras paseaba por la vereda, alzó la mirada.
Vio a una mujer rubia, envuelta en una bata que intentaba ocultar un artefacto misterioso. Sus ojos se encontraron en un instante eterno: él, lleno de dudas; ella, desbordante de una certeza implacable. Decidida a romper la distancia y entregarse al hombre que tanto había amado en secreto, se lanzó al vacío para buscar el refugio de sus brazos.


Deja un comentario