Bar

Mi intuición no fallaba. Salí corriendo. Topé con los que ingresaban; solo me disculpé con el chico, quien asintió con una culpa similar a la mía. Ella, en cambio, se quedó muda, con el labial corrido y los ojos bien abiertos. En ese segundo de silencio absoluto, comprendí que ninguno llegaría a cenar a casa. Mi esposa también tenía su propio bar del que huir.

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