Nuevo jefe

Había quedado en encontrarme en la sala de embarque. Esperé dos horas en el aeropuerto, convencido de que la policía aparecería en cualquier momento. El maletín, con setenta mil dólares, pesaba menos que mis nervios.

Cuando llegó, se sentó frente a mí. Sin mirarme, abrió apenas el suyo: circuitos, cables… y un contador electrónico parpadeando. No hizo falta decir nada.

Esa noche, el cielo estalló.

Las noticias mostraron una imagen lejana del avión. Sin nombres. Sin rostros.

Humberto —con quien me había reunido— hizo un gran trabajo.

Respiré hondo. Apagué la luz del velador y dormí de un tirón.

Al día siguiente, en la oficina, todos lloraban la tragedia…
y la repentina vacante de mis tres competidores por el puesto de jefe.

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