
El silencio en el coche era un nudo en la garganta. Sofía miraba a su esposo, Javier, con los ojos humedecidos. ¿Cómo le dirían a Mateo, su pequeño de siete años, que su abuelo ya no estaba? Su cómplice de juegos, su narrador de historias, su faro se había apagado. Ambos fueron al velorio, aun no querían darle la mala noticia. Así que, luego de pensarlo mucho, decidieron dejarlo en casa. Es más, le dijeron que prenda la tele cuando él quiera; esa libertad le resultó tranquilizadora. Igual, la iglesia estaba cerca. Javier, mientras recibía el pésame de amigos y familiares, llamó varias veces a su hijo. Horas mas tarde, regresaron a casa y encontraron a Mateo mirando la tele apagada. Volteó y, con una sonrisa traviesa, dijo: «Llamó el abuelo».

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