Ahora que soy escritor, y recuerdo mis días en el Instituto Miraflores, me atrevo a contar la historia de Adrián. Los escritores solemos crear mundos de ficción, pero a veces la realidad nos golpea con fuerza. Intentamos narrar lo que pasó, pero nos perdemos en la confusión, como si estuviéramos ocultos en un lugar desconocido. Luego volvemos a la superficie, sin aliento, en un mundo donde las personas aparecen y desaparecen, ignoradas o tragadas por el olvido.
«—Mañana es el último examen. No olviden leer Ulises de James Joyce,» anunció el profesor de literatura.
Salimos del instituto. Adrián fue el único que no se despidió. Se fue con la cabeza baja. Sus cuentos no eran buenos, su nota la peor. Era un chico callado, sin amigos en clase.
Adrián era el hijo menor. Vivía con su madre en Chilca, un pueblo pequeño cerca de Pucusana, lejos de Lima. Su madre era una mujer fuerte que había criado a sus tres hijos vendiendo hierbas medicinales en el mercado del pueblo. Ella curaba las enfermedades de la zona.
Su padre, un hombre mayor, se dedicaba a la pesca en su bote «Esperanza». Cuando no salía al mar, se quedaba en casa, donde la gente lo visitaba para que leyera cartas, hiciera amarres y adivinara el futuro. Su casa estaba detrás del cementerio de Pucusana, cerca del desvío a Chilca.
Adrián se avergonzaba de su origen y de sus padres. Cuando le preguntaban dónde vivía, decía: «En Miraflores». Si lo invitaban a su casa, siempre inventaba una excusa para no ser descubierto. Quería ser escritor. Siempre llevaba libros, sobre todo de poesía. Leía en cada momento libre. Tomaba un libro de la biblioteca cada día y lo terminaba en dos días, mientras iba a casa.
Esa noche, al salir del instituto, nos pidió dinero para el autobús. «No tengo,» le dije, y lo seguí sin que se diera cuenta. Caminó hasta el parque Reducto, cerca del instituto. Solía leer allí, cuando el tráfico de la avenida Benavides disminuía. Pero esa noche, se quedó a dormir en un banco.
Usó Ulises como almohada. Algo le cayó en la cara y se despertó asustado. Un roedor se escabulló entre los arbustos. Prefiero pensar que fue un ratón. El susto fue tal que arrancó el llavero de su mochila, con el escudo de Pucusana, y se lo tiró. No acertó. No pudo dormir más. Guardó el libro y caminó hacia el pequeño museo del parque.
La puerta del museo estaba entreabierta. La única luz venía de la calle, ya que a las diez el guardián apagaba las luces del parque.
Empujó la puerta y vio a un niño en una mesa. Llevaba medias hasta las rodillas, zapatos brillantes con cordones sueltos y una chompa azul con dos corazones en el pecho. Un rosario colgaba de su mano.
Se acercó. El niño no tenía ojos; estaban cosidos con hilo negro. Una aguja y un carrete de hilo negro brillaban en la mesa.
Adrián miró alrededor. Sintió peligro. La puerta rechinó y escuchó pasos acercándose. Dejó su mochila y saltó por la ventana, rompiendo una maceta.
Antes del amanecer, la madre de Adrián llegó a Lima. Debía entregar una medicina a su hermana. Era una mezcla de hierbas andinas y sales de las lagunas de Chilca. Esperó en el paradero, como habían acordado. Pero Adrián no llegó. Tuvo una corazonada y pensó en su hijo. Tomó sus bolsos y fue a buscarlo.
«—Soy la madre de Adrián Gonzales,» dijo al vigilante del instituto.
«—¿De qué ciclo es?» preguntó el vigilante, revisando un cuaderno.
«—Cuarto ciclo, Adrián Gonzales,» repitió ella.
«—Gonzales… No, señora, aún no ha llegado,» dijo el vigilante.
La madre cerró la mano y se tapó la boca. Sintió desesperación, pero intentó calmarse. Caminó buscando un teléfono público. Llegó al parque Reducto y pidió prestado el teléfono del museo. Llamó al padre de Adrián, pero no contestó. Llamó de nuevo. Nada. Se sentó en un banco y vio un objeto brillante en el suelo. Era el llavero de Pucusana. Se levantó de inmediato, tomó sus cosas y paró un taxi hacia la casa de su ex esposo. Lloró durante el viaje, sintiendo un dolor en el pecho que subía hasta la garganta. El amor de madre contenía su desesperación. Recordó su brebaje, bebió un poco y se tranquilizó.
Llegó a la casa. No había nadie. Entró por el jardín. Los perros ladraron, pero estaban atados. Empujó la puerta trasera. El comedor estaba desordenado: cartas españolas, dos velas (una encendida), hojas de coca sobre una estrella de tiza en el mantel rojo. Sopló la vela. Su respiración cambió. En el lavadero había un tazón con agua turbia. Metió la mano y sintió objetos gelatinosos que parecían mirarla. Tuvo náuseas y vomitó.
Aún no se sabe nada de Adrián. Pregunto a sus compañeros, pero nadie sabe dónde está. El vigilante del instituto nunca más lo vio. Hace poco, me encontré con el profesor en un café. Le pregunté por Adrián. Me dijo que, la semana de su desaparición, un policía de Miraflores le contó que vieron a un chico corriendo por la calle, tapándose los ojos, gritando y pidiendo ayuda. No tenían más información. También le dijeron que varios padres buscaban a sus hijos desaparecidos, pero Adrián no era uno de ellos.
Me despedí del profesor al anochecer. Pensaba en Adrián. Sabía que debía hacer algo por él, aunque nunca fue mi amigo. Caminé hacia el instituto. Antes de llegar, escuché sirenas en el parque Reducto. Había mucha gente reunida. Patrulleros estacionados cerca del museo. Sacaban bultos en bolsas plásticas. Sentí un escalofrío y seguí caminando. Llegué al instituto. Un impulso me conectaba con ese lugar. Sabía que algo debía terminar. Bajé a la biblioteca y pedí Ulises de Joyce.
Al abrirlo, encontré un separador en la página 233. Era un hilo negro con una aguja. Toda la página estaba manchada de sangre. Junto al hilo, una carta española: el diez de espadas. Muerte.


Deja un comentario