Cuatro días de haber salido de la cárcel, Oscar deambulaba por una callecita. Iba de lado a lado, con una mano en el bolsillo y con la otra aspirando su último cigarrillo. Temía volver a casa, encontrar a su esposa con otro hombre o talvez no reconocer a su propio hijo. Se apoyó en una baranda, sacó una fotografía de su bolsillo y decidió ir. La noche enfriaba, cada paso que daba se lamentaba de la decisión. Se asomó a la ventana de la habitación de su pequeño, habían hecho un estudio, tragó saliva. Caminó por un estrecho pasadizo y el movimiento de las ramas, alertaron a los perros vecinos, el siguió hacia su antigua morada, donde había pasado noches de conversaciones, discusiones y sexo con Clara, su esposa. Tomó distancia. Dio un pequeño salto, pudo sujetarse de una rama del árbol. La vio, era su amada, al costado, un sujeto mayor, como lo pensó. Vestía de párroco, rociaba agua bendita, a ella y al ataúd de madera.


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